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Solos en la Carretera
Solos en la Carretera






Bernardo José Mora
http://correresdecobardes.blogspot.com/
Abril 2007


Solos en la carretera (I)

-¿Una prueba de marcha entre Perpiñán y Barcelona? ¿Y dices que el año que viene?
-Oui.

Me dieron la noticia en la misma línea de salida de los 200 kilómetros de Chateau - Thierry de 2002. No era, pues, el momento de ponerse a discutir, pero yo tampoco quería dejar pasar la oportunidad de decir lo que pensaba al respecto.
-¿Entre Perpiñán y Barcelona? ¿Por la carretera nacional? -Oui.
-Pues no.
-Non?
-Non.

No había que ser un visionario. Entre Perpiñán y Barcelona hay 200 kilómetros, unos 160 en territorio español siguiendo la carretera nacional. Era una verdadera ingenuidad pretender que las autoridades, sobre todo las del lado de aquí de la frontera, cerraran el tráfico, siquiera dejando libre un carril, ni mucho menos que permitieran que una treintena de atletas marcharan por el arcén durante 24 horas a merced de coches y camiones.

-Non.
Y durante los meses siguientes no me cansé de repetírselo a cuantos me venían con el cuento de la futura carrera entre Perpiñán y Barcelona. Era imposible. No iba a haber autorización.
-Non?
-Que non, coño.

La salida se dio frente a la estación de tren de Perpiñán el 22 de abril de 2003 a mediodía. No se iba a cortar el tráfico, ni siquiera parcialmente. Marcharíamos por el arcén. Pasaríamos por Le Boulou, Le Perthus, entraríamos en España por La Junquera, seguiríamos hasta Figueras, ya de noche haríamos la circunvalación de Gerona, y ya por la orilla del mar atravesaríamos Pineda de Mar, Calella, Arenys de Mar… Y después de dejar atrás Mataró, Premiá de Mar, El Masnou y Badalona llegaríamos a Barcelona. La meta estaba situada junto a la Barceloneta. La organización nos dio un par de papeles en los que estaba descrito el recorrido a seguir y un plano para guiarnos cuando entráramos en Barcelona.

Éramos un ruso, un checo, un suizo, un luxemburgés, un letón, un eslovaco, un alemán, un inglés, dos españoles y diecinueve franceses. La organización había prometido que se pondría a disposición de cada marchador un vehículo con su correspondiente conductor para que le sirviera de apoyo circulando inmediatamente detrás de él y protegiéndole así del resto de vehículos que transitaran por la ruta. Dicho de esta manera sonaba muy bien, había que reconocerlo, pero en realidad lo que se hizo fue reclutar a voluntarios que no solo hicieran el papel de chófer sino que también prestaran su propio coche. A mí me tocó enn suerte un matrimonio catalán residente en Perpiñán que tenía un monovolumen y que se apuntó porque a los dos les hacía ilusión pasar un día en Barcelona.

Así las cosas, después de los consabidos actos protocolarios se dio la salida en la misma plaza que hay frente a la estación y eso porque Salvador Dalí dijo una vez de esta que era el centro del universo. Si lo hubiera dicho yo o cualquier otro de los que estábamos allí, o incluso usted que está leyendo, imagínense el caso que nos hubieran hecho, pero, claro, lo dijo Dalí. En fin, que comenzamos a marchar y ya a los cincuenta metros se nos tuvo que hacer dar la vuelta a todos porque en el primer cruce debíamos haber girado a la derecha en lugar de seguir recto. Empezábamos bien.


Solos en la carretera (II)

Los primeros 30 kilómetros discurrían por lo que en otro tiempo fue la Vía Domicia, la antigua calzada romana que unía el Piamonte con los Pirineos a través de todo el sur de Francia y que hoy es simplemente la N9 –la clase de Historia va por cuenta de la casa-, y los fuimos cubriendo sin mayor novedad, marchando por la derecha de la ruta atentos a los coches que pasaban rozándonos, y estableciendo ya importantes distancias entre unos y otros. Al entrar en España, marchaba codo con codo con el checo Simon. Acabábamos de sobrepasar al francés Duboscq en las mismas calles de Le Perthus y teníamos ya solo dos hombres delante, el ruso Rodionov y el francés Coulombel. Al primero ya no le veíamos y al segundo no tardaríamos en perderle también de vista. Al pasar por La Junquera, después de afrontar como pudimos un par de rotondas y mientras los camiones pasaban a nuestro lado a toda velocidad llevándosenos las gorras, aproveché para traducirle a mi amigo checo al inglés lo que quería decir eso de “Carretera mortal” que podía leerse sobre un muro junto a la cuneta de la NII.

Entramos en Figueras ante el estupor de conductores y peatones que ni puta idea tenían de que por allí iba a pasar una carrera y no conseguían explicarse que coño hacían dos tipos con un número en el pecho y otro en la espalda avanzando entre los coches detenidos en los semáforos subiendo y bajando de las aceras y sorteando a la gente. La organización había dispuesto a una serie de voluntarios en algunos de los puntos conflictivos del recorrido, pero solo en algunos, así que antes de cruzar una calle el checo y yo teníamos que detenernos y mirar a derecha e izquierda.

Al poco de salir de Figueras y tras saludar a un par de prostitutas que hacían la carrera -ellas también- junto al arcén, perdí contacto con el checo -me tuve que parar a mear- y poco a poco fui perdiéndole también de vista. Por detrás de mí tampoco se veía a nadie. En estas que pasaron un par de horas más y ya cerca de Gerona empezó a hacerse de noche. Recto, siempre recto, me decían desde el coche cada vez que, al ver las señales que indicaban las salidas hacia Gerona norte, sur este y no sé si también oeste, me giraba para preguntar por dónde carajo debía tirar. No había indicación alguna sobre la ruta a seguir y los voluntarios hacía ya muchos kilómetros que habían desaparecido por completo. No había nadie en los cruces. No había nadie en ninguna parte. Nadie controlaba ya aquella maldita carrera. Hasta los mismísimos Mozos de Escuadra, que se supone que eran los que debían cuidar de nuestra seguridad, se limitaban a circular arriba y abajo en sus coches patrulla tocándose los cojones.

A todo esto, yo iba bastante bien, quizás porque estaba más preocupado por salvar la vida que por la propia carrera en sí, que a estas alturas ya me importaba un huevo. Vamos, que firmaba el cuarto puesto y hasta un quinto.


Solos en la carretera (III)

A medida que nos fuimos acercando a Barcelona y amanecía el tráfico fue en aumento. Porque además era día laborable, imagínate. Atasco de tres pares de narices en Mataró. Atravesé Premiá de Mar marchando sobre las aceras porque la aglomeración de vehículos en la calzada era tal que no quedaba espacio para mi. A todo esto, yo ya llevaba tres horas sin probar bocado ni echar un sorbo al botellín de agua con sales minerales. Cada vez que desde el coche me ofrecían comida o bebida lo rechazaba.

-Estoy como para ponerme a comer ahora, con estos nervios...

En Badalona vislumbré el primer atisbo de organización. Un policía municipal en motocicleta me escoltó por un laberinto de calles hasta la salida de la ciudad. A partir de allí tuve que seguir las instrucciones que desde el coche, mapa de la organización en mano, me iban dando para que llegara a la meta.

-La segunda calle, a la derecha, luego a la izquierda y luego todo recto. No, mejor cruza ahora.

Ya en Barcelona, y a falta de lo cosa de un kilómetro para la meta me encontré con el checo. Venía detrás de mí a toda velocidad. ¿Pero no iba delante? Sí, pero se había perdido.
-He estado casi veinte minutos sentado en una rotonda esperando que alguien me dijera por donde ir, maldita sea.

Y sin dejar de hablar me sobrepasó y se alejó calle arriba. Fue entonces cuando, allí delante, en medio de los coches, a un centenar de metros como mucho, ví al tío que iba segundo, el francés. Entonces intente forzar el ritmo, pensando que quizás tenía alguna posibilidad todavía de subir al podio, y me metí entre el millón de coches que circulaban por allí en ese momento hasta que un conductor me avisó de que si seguía por ahí me iba a meter directo en la Ronda Litoral e igual acababa en Sitges.

-Uy, gracias.

Me salí de allí como pude mientras el checo y el francés seguían recto porque a ellos ningún conductor les había avisado de nada o si lo había hecho no le habían entendido. De pronto vi ya la meta, que estaba junto al Museo de Historia. Vaya, iba a quedar segundo… Me quedaban unos 200 metros cuando vi aparecer de nuevo por detrás al checo, que había conseguido escaparse de Ronda Litoral saltando un muro y venía haciendo aspavientos. Le esperé y le dejé pasar delante por segunda vez sin hacer nada por disputarle aquella plaza que juzgué que debía ser suya con toda justicia. O del francés, pero este seguía camino de Sitges y yo no estaba tampoco como para ir a buscarlo. Entramos uno detrás del otro. Entramos en meta uno detrás del otro, el jurando en su idioma y yo descojonándome. Habíamos tardado veintidós horas y seis minutos. El ruso, cuarenta minutos menos. El francés llegó cinco minutos después, justo cuando a mí me estaba entrevistando la tele.
-¿Contento con el tercer puesto?
-¿Por el tercer puesto? Estoy contento porque después de 200 kilómetros por la carretera nacional todavía sigo vivo, no te jode.

La gente fue llegando a lo largo de toda la mañana y parte de la tarde y todos protestando. La mayoría, por no decir todos, se había perdido al entrar en Barcelona. A todos les dieron una rosa porque era el día de San Jorge.

La entrega de trofeos fue a eso de las siete de la tarde. Allí mismo le pedí a uno de los jueces una copia de los resultados oficiales. Solo tenían un borrador. Y eso porque en realidad la carrera todavía no había terminado. Quedaba un marchador por llegar.
-¿Y le falta mucho?
-No lo sabemos, se ha perdido y no tenemos ni idea de dónde está.

Poco después, cuando todos estábamos dando buena cuenta de los canapés, uno de los responsables de la parte española de la organización recibió una llamada en su móvil. Acababa de aparecer el marchador que faltaba. Estaba en la oficina de turismo municipal preguntando dónde quedaba la meta.